El bosu como herramienta de rehabilitación después de un ACV

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Karlos Tomás

05 FEB

El BOSU como herramienta de rehabilitación después de un derrame o ACV

En los procesos de rehabilitación tras un accidente cerebrovascular, uno de los grandes retos no es recuperar la fuerza, sino volver a confiar en el cuerpo, recuperar el equilibrio, la conciencia corporal y la estabilidad del eje central.
 

El BOSU aparece ahí.

No como una herramienta de fitness, sino como una herramienta neurosensorial y propioceptiva.
 
¿Por qué se utiliza el BOSU en rehabilitación neurológica?
 
El BOSU introduce inestabilidad controlada. Esa inestabilidad obliga al sistema nervioso a mantenerse activo, presente y atento.
 
Nada puede hacerse en piloto automático.
 

Cada ajuste postural requiere:

• información que sube desde los pies,
• respuesta del tronco,
• coordinación entre ambos hemisferios,
• y una lectura constante del espacio.
 
Tras un ictus, esa comunicación está alterada.
El cuerpo sabe moverse, pero el cerebro no siempre interpreta bien lo que recibe.
 
El BOSU crea un entorno donde el error no es un fallo, sino información.
 
Qué ocurre a nivel neurológico cuando te subes a un BOSU
 

Cuando el cuerpo se coloca sobre una superficie inestable:

• se activan receptores propioceptivos profundos,
• el cerebelo entra en juego ajustando el equilibrio,
• el core deja de ser “abdominales” y pasa a ser organización central,
• y el sistema nervioso tiene que reaprender a regular.
 
No se trata de aguantar.
Se trata de escuchar.
 
Por eso el BOSU no se trabaja con prisas, ni con música alta, ni con repeticiones automáticas.
Se trabaja con presencia.
 
Mi experiencia personal
 

Recuerdo perfectamente las sesiones en las que el BOSU formaba parte del circuito.

Éramos varias personas, cada una en un punto distinto de su proceso:
alguien en la bicicleta estática, otra persona caminando, otra trabajando equilibrio… y algunas, sobre el BOSU.
 
No todos hacíamos lo mismo.
El BOSU se adaptaba a lo que cada cuerpo podía sostener ese día.
 
En mi caso, no era un trabajo de fuerza. Era un trabajo de conexión.
 

El BOSU me obligaba a:

• sentir dónde estaba mi peso,
• detectar desequilibrios que no veía,
• y aceptar que el cuerpo necesitaba tiempo para reorganizarse.
 
Ahí entendí algo importante:
la recuperación no va de exigirle más al cuerpo, sino de darle mejores preguntas al cerebro.

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